Tóxica.
Si tenía que elegir una palabra para definir a la belleza cobriza que se erguía con total divinidad delante de ella, de entre las miles y miles palabras que nutren el extenso vocabulario español, elegía tóxica sin siquiera tener que pensarlo. Quizás fuera por la manera en que se tocaba el pelo mientras hablaban, ignorando cada palabra que se escurría de entre sus labios y cambiándole el tema sin pedir perdón o permiso. O quizás fuera como sus ojos se fijaban en ella durante segundos y una mueca disgustada se pintaba en su rostro, como si lo que tuviera delante la aburriese. Era serpenteante e inesperada, llegaba tan pronto como se iba, sin decirle nada a nadie y sin esperar a que su interlocutor pusiera el punto final. Era ella la que ponía el punto final, siempre.
Su actitud, todo su ser, que se había ganado a pulso el desagrado de todos cuantos la rodeaban; nunca miraba a nadie dos veces si una primera vez no había despertado su atención, sus palabras cortantes, secas, sinceras, como un revés, una bofetada que escuece durante horas, sus ojos aburridos y lejanos, de esos que logran que te preguntes qué puede haber tan interesante sea donde sea que esté mirando. Nunca la había visto sonreír. Nunca había visto en su rostro otro sentimiento que no fuera el más profundo aburrimiento. ¿Por qué?
¿Por qué, de entre todas las personas felices, emocionadas, enamoradas, vivas, tuvo que enamorarse de una persona aburrida? Aburrida de la vida. Y eso la llevaba a pensar, ¿habría pensado alguna vez en correr una aventura? ¿O en quitarse la vida y dejar de estar aburrida? Era todo un misterio. Toda su presencia era un misterio. Pero el mayor misterio de todos era cómo seguía yendo día tras día al mismo café para encontrarse con ella. Llegaban al mismo tiempo, pedían lo que fuese, se sentaba en la misma mesa cada día, su compañera mirando por la ventana todo el rato, mientras ella empezaba a parlotear. Pero nunca se sentía sola. Aún sin estar con ella, estaba con ella. Más de una vez, había decidido callarse, pensando que incomodaba, pero entonces su cobriza enamorada la miraba, interrogante, con una ceja en alto, y pronunciaba esas dos palabras, que sonaban a coros celestiales: "¿y bien?", y entonces ella continuaba con su charla.
Era tóxica, porque todo lo que hacía era esperar pacientemente que fuese la hora de partir hacia la cafetería y sentarse durante quién sabe cuántas horas hablando sola, pero acompañada. Y era tóxica, porque su mente solo podía pensar en esos ojos miel, en lo bien que se sentían las pocas veces que conectaban con sus ojos oscuros, en su cabello cobrizo siempre cayendo sobre sus hombros y en su longitud perfecta, en cuánto quería pasar las manos por ese pelo, en que estaba deseando que le dijese algo, lo más mínimo, porque su voz era la de un ángel, y entendía que la guardase como un secreto. Y sobretodo, pensaba en su boca... sus labios, carnosos, delicados y rojos, sus dientes blancos, su lengua cargada de veneno siempre dispuesta a atacar, su sonrisa, esa misma que nunca había visto y que tanto había soñado.
Era tóxica, y quizás fuera esa la razón por la cual estaba enamorada de ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario