martes, 5 de agosto de 2014

Si me dices "ven", no dejo nada. Pero dime "ven".

Allí estaba yo, caminante sin camino. Mis pasos eran cada vez menos apresurados, al igual que el ritmo incesante de mi corazón. ¿De qué huía? No lo sé, pero ni siquiera tenía sentido el seguir huyendo. ¿Huía acaso de mi pasado? ¿De mis recuerdos? ¿De alguna sombra que solo existía en mi imaginación? ¿Huía de ella? ¿O acaso de mí mismo?

Recordaba cada mínimo detalle de esa noche, como que se había maquillado aprisa y corriendo para llegar puntual a la cita que tenía conmigo, y que lo pude adivinar por los grumos de máscara en sus pestañas, que normalmente estaban impecables. O como llevaba exactamente tres pulseras; la de su abuela, la de su hermano y la mía. O también podría contaros cómo el camarero que nos atendió apestaba a una mezcla de vino de mala cosecha y perfume barato de imitación. Pero si algo recuerdo con exactitud de aquella noche fue el paseo bajo las estrellas y cómo su pequeño cuerpo se pegaba al mío y me pedía que nunca la abandonara sin palabras.

Una lástima, mis ideas eran distintas. No valgo para mentir, seré sincero y directo: me aburrí. Me aburrí de la monotonía y de como mis días habían pasado a ser una sucesión de lo mismo una y otra vez, en un bucle infinito que nos llevaba a una vejez adelantada. Y probablemente ahora pienses que soy un capullo integral, pero al menos no me anduve con chiquitas. Otro, en mi lugar, probablemente habría mentido, engañado. Y ahora pensaréis que nunca la quise, y quizás no pueda discutir eso, porque yo no valgo para ir diciéndole a cualquiera "te quiero". No, yo digo te quiero y es de corazón. Yo digo te quiero, y a diferencia de muchos, lo siento. Por eso mismo nunca se lo dije a ella. ¿Qué más podía hacer? Soy así.

Tuve que pararla, hacía un largo rato que había desconectado de todo lo que salía de sus labios y me había perdido entre las estrellas. Frené de golpe, y ella conmigo. Sus ojos buscaban los míos, y yo miré directo, a punto de soltar un balazo y verla derrumbarse frente a mi.

Así que disparé. Pum. Directo a sus sentimientos.

La observé, esperé un momento, miré sus ojos buscando ver cómo su pupila aumentaba su tamaño debido al dolor y al despecho. Quise verla llorar, llamadme mala persona. Quise verla rogar porque me quedase. Pero no lo hizo. Sus ojos no cambiaron, ni siquiera perdieron su brillo.

Y entonces sentí que me devolvía el disparo, porque sonrió y lo único que dijo era que podíamos seguir siendo amigos. Y yo ya no supe si era una mala broma, si era una gran actriz, o si yo era pésimo dejando a las personas. Ella siguió su camino sin mirar atrás y yo giré sobre mis talones, en la otra dirección.

Al principio fui rápido; mi mente, mis pasos, mi corazón, todo acelerado. Pero a medida que avanzaba, comencé a relajarme. Hasta que frené. Frené de golpe por segunda vez esa noche y volví a girar sobre mis talones y observé la inmensidad de la oscuridad que me rodeaba aunque en mi mente la veía a ella, alejarse hacia su casa, viviendo su vida sin mí. ¿Acaso ella tampoco me había querido?
Yo no la quería, lo tenía claro, pero siempre tuve la certeza de que ella me quería por mi. Y por primera vez en meses deseé que ella corriese a mi a pedirme que me quedase.

No la quería, pero claramente no podía vivir sin ella.

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