miércoles, 23 de julio de 2014

Mad world.

Me ahogaba.

No tenía vuelta de hoja, no había más. Solo estaba yo en aquella inmensidad azul. Sentía el agua presionarse y alejarse contra mi cada vez menos vivo cuerpo. ¿No se supone que somos agua? Al menos el 70% de nuestro cuerpo lo es. Una vez más, lo que somos es lo que nos acaba matando. Porque a eso se reducía todo, a morir, a dejarme morir, que nunca será lo mismo que dejarme matar.
El vestido blanco, ahora traslucido, ya ni siquiera se pegaba a mi cuerpo. Bailaba, como celebrando que había llegado el final, moviéndose con el agua, mezclándose con ella porque poco más podía hacer. Ser agua, ser uno con lo que nos mata, rendirnos a una fuerza mayor, saludar a la Parca, a la que ya casi podía ver sonriéndome, tendiéndome la mano y prometiéndome que todo el dolor y el sufrimiento terminaría al fin. Descanso eterno... que dulce realidad es la muerte, a pesar de lo horrible que nos suena. Ella, al menos, es honesta; no como su hermana la vida. La vida es bella, pero está podrida, es retorcida y caprichosa, nos muele hasta que se harta de nosotros, y entonces, allí está la dama muerte, sonriéndonos cálidamente y esperando que tomemos su mano, deseosa de compartir algo dulce y precioso con nosotros.
Entonces, sonreí. Mis vanos intentos de mantener el aire en los pulmones desvanecieron, y el aire dio paso al agua, que me llenaba a pasos agigantados. No estaba sofocada por ahogarme. No tenía porqué luchar. Era el momento, y cuando el momento llega solo podemos rendirnos a su grandiosidad. Luchar es agonizar. Yo no quería agonizar. Quería una muerte rápida e indolora. Al menos indolora estaba siendo.
Debería haberme aterrorizado el ser consciente de mi propia muerte, debería estar viendo los rostros de aquellos a quienes amaba y debería estar reviviendo mi vida, viendo escenas significantes para mi. Pero todo lo que veía era azul. El azul del agua que me rodeaba. Debería oír palabras de aliento, te quieros que me dijeron y risas de niños. Todo lo que oía era el descendente ritmo de mi corazón.

Hasta que dejé de oír. Dejé de ver. Dejé de sentir el agua. Dejé de amar y de latir. Dejé de vivir. Y me hundí. Caí a las profundidades de ese mar o lago o puede que incluso pecera. Me hundí con la certeza de que no había nadie fuera esperando que saliera, o luchando por encontrarme. Me hundí con una sonrisa y los ojos abiertos, mirando al azul por y para siempre.

Y entonces, desperté. Tranquila, sin una sola lágrima, sin inquietud, sin temor, sin gritar. Desperté con una sonrisa. Quizás la canción tenía razón, y los sueños en los muero son los mejores sueños que he tenido jamás.

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