jueves, 24 de julio de 2014

I'm bulletproof.

Pero no soy a prueba de palabras.

Nunca me ha gustado hablar de mí misma; sentía que si hablaba demasiado les enseñaría el camino más fácil para llegar a mi corazón y romperlo. Mamá siempre decía "no guardes tu corazón donde todos puedan verlo, se aprovecharán de él".

Todos hablan de que los palos y las piedras pueden rompernos los huesos, pero las palabras nunca nos herirán. Mentira. Las palabras nos herirán, nos romperán por dentro y por fuera. Da igual cuántas veces lo niegues, pero cada vez que un insulto ha salido de sus labios, disparado como bolas de cañón contra tu persona, ha provocado una grieta en tu corazón.

Y no podemos permitir que nuestro corazón se rompa de una manera tan burda. Por eso, por cada "puta/gilipollas", colocaste un ladrillo, por cada "gord@" añadiste mezcla, por cada "fe@" terminaste un muro, por cada "no vales para nada", añadiste una muralla. Y así hemos acabado, como cebollas de tantas capas que nos cubren. Pero el corazón es dulce, es inocente y está asustado de que esos muros caigan, porque los hombres solo derriban murallas para gobernar.

Y como una vez escuché, creaste una armadura alrededor de ese pequeño idiota que te mantiene con vida y lo firmaste, gritaste que tenían que estar equivocados, que podías ser todo aquello que te habías propuesto ser, que eras hermos@ por dentro y por fuera, que valías la pena, que tu vida valía la pena, que había algo más allá.

¿Por qué? ¿Por qué somos una generación tan triste? ¿Por qué nos herimos para castigarnos? ¿Es que no es este mundo castigo suficiente? Te equivocarás, te equivocaste y te equivocas. Somos jodidos humanos, ¿cómo podemos pretender no hacerlo? ¿Cómo no podemos perdonarnos a nosotros mismos?

Antes, las palabras me mataban. Ahora, no. Me hieren, pueden dejarme convaleciente, pero nunca matarme. Como dijo un gran hombre, me amaré a mi misma a pesar de mi facilidad por lo contrario. Y mientras me ame a mi misma, el resto me da igual.

miércoles, 23 de julio de 2014

Mad world.

Me ahogaba.

No tenía vuelta de hoja, no había más. Solo estaba yo en aquella inmensidad azul. Sentía el agua presionarse y alejarse contra mi cada vez menos vivo cuerpo. ¿No se supone que somos agua? Al menos el 70% de nuestro cuerpo lo es. Una vez más, lo que somos es lo que nos acaba matando. Porque a eso se reducía todo, a morir, a dejarme morir, que nunca será lo mismo que dejarme matar.
El vestido blanco, ahora traslucido, ya ni siquiera se pegaba a mi cuerpo. Bailaba, como celebrando que había llegado el final, moviéndose con el agua, mezclándose con ella porque poco más podía hacer. Ser agua, ser uno con lo que nos mata, rendirnos a una fuerza mayor, saludar a la Parca, a la que ya casi podía ver sonriéndome, tendiéndome la mano y prometiéndome que todo el dolor y el sufrimiento terminaría al fin. Descanso eterno... que dulce realidad es la muerte, a pesar de lo horrible que nos suena. Ella, al menos, es honesta; no como su hermana la vida. La vida es bella, pero está podrida, es retorcida y caprichosa, nos muele hasta que se harta de nosotros, y entonces, allí está la dama muerte, sonriéndonos cálidamente y esperando que tomemos su mano, deseosa de compartir algo dulce y precioso con nosotros.
Entonces, sonreí. Mis vanos intentos de mantener el aire en los pulmones desvanecieron, y el aire dio paso al agua, que me llenaba a pasos agigantados. No estaba sofocada por ahogarme. No tenía porqué luchar. Era el momento, y cuando el momento llega solo podemos rendirnos a su grandiosidad. Luchar es agonizar. Yo no quería agonizar. Quería una muerte rápida e indolora. Al menos indolora estaba siendo.
Debería haberme aterrorizado el ser consciente de mi propia muerte, debería estar viendo los rostros de aquellos a quienes amaba y debería estar reviviendo mi vida, viendo escenas significantes para mi. Pero todo lo que veía era azul. El azul del agua que me rodeaba. Debería oír palabras de aliento, te quieros que me dijeron y risas de niños. Todo lo que oía era el descendente ritmo de mi corazón.

Hasta que dejé de oír. Dejé de ver. Dejé de sentir el agua. Dejé de amar y de latir. Dejé de vivir. Y me hundí. Caí a las profundidades de ese mar o lago o puede que incluso pecera. Me hundí con la certeza de que no había nadie fuera esperando que saliera, o luchando por encontrarme. Me hundí con una sonrisa y los ojos abiertos, mirando al azul por y para siempre.

Y entonces, desperté. Tranquila, sin una sola lágrima, sin inquietud, sin temor, sin gritar. Desperté con una sonrisa. Quizás la canción tenía razón, y los sueños en los muero son los mejores sueños que he tenido jamás.

jueves, 10 de julio de 2014

Me escribí la canción más triste del mundo...

Y hasta me odié.
Y me perdí.
Me perdí a mi misma en un mar de sonidos y palabras mal articuladas.
Una muñeca rota, un libro sin final, una canción que no llega, una pincelada de más que lo estropea todo.

¿Qué soy?
Soy.
Vivo.
Respiro.
Siento.
Amo.

Qué pretencioso el hombre que pone nombre a sentimientos, como si los conquistase, cuando ellos nos conquista a nosotros. "El hombre es el único animal racional". ¡Al cuerno con eso! El hombre, el único animal racional, es el que más se deja llevar por sentimientos. Y luego hablan de supremacía.
De grandezas, de tesoros, de fortunas, de poder, de riquezas, de fama... cuando todo lo que quiere el hombre es amar y ser amado. Quiere semejantes, alguien que lo comprenda y lo apoye. Alguien a quien mirar y frente a quien ser débil.
Fuimos "fuertes" durante tanto tiempo que se nos cayó a pedazos la armadura y de pronto no somos más que la sombra de niños vestidos con las corbatas de sus padres y los tacones de sus madres pretendiendo ser grandes como montañas, equiparables a un Dios.
Que triste la existencia de aquellos que no son, ni viven, ni respiran, ni sienten, ni aman.
Que alegría mirarme en el espejo y poder empezar a adivinarme de nuevo, y no mirar a los ojos a una extraña.

Ahora me estoy escribiendo otra vez una canción. Esta vez, una canción de amor.