Nunca me ha gustado hablar de mí misma; sentía que si hablaba demasiado les enseñaría el camino más fácil para llegar a mi corazón y romperlo. Mamá siempre decía "no guardes tu corazón donde todos puedan verlo, se aprovecharán de él".
Todos hablan de que los palos y las piedras pueden rompernos los huesos, pero las palabras nunca nos herirán. Mentira. Las palabras nos herirán, nos romperán por dentro y por fuera. Da igual cuántas veces lo niegues, pero cada vez que un insulto ha salido de sus labios, disparado como bolas de cañón contra tu persona, ha provocado una grieta en tu corazón.
Y no podemos permitir que nuestro corazón se rompa de una manera tan burda. Por eso, por cada "puta/gilipollas", colocaste un ladrillo, por cada "gord@" añadiste mezcla, por cada "fe@" terminaste un muro, por cada "no vales para nada", añadiste una muralla. Y así hemos acabado, como cebollas de tantas capas que nos cubren. Pero el corazón es dulce, es inocente y está asustado de que esos muros caigan, porque los hombres solo derriban murallas para gobernar.
Y como una vez escuché, creaste una armadura alrededor de ese pequeño idiota que te mantiene con vida y lo firmaste, gritaste que tenían que estar equivocados, que podías ser todo aquello que te habías propuesto ser, que eras hermos@ por dentro y por fuera, que valías la pena, que tu vida valía la pena, que había algo más allá.
¿Por qué? ¿Por qué somos una generación tan triste? ¿Por qué nos herimos para castigarnos? ¿Es que no es este mundo castigo suficiente? Te equivocarás, te equivocaste y te equivocas. Somos jodidos humanos, ¿cómo podemos pretender no hacerlo? ¿Cómo no podemos perdonarnos a nosotros mismos?
Antes, las palabras me mataban. Ahora, no. Me hieren, pueden dejarme convaleciente, pero nunca matarme. Como dijo un gran hombre, me amaré a mi misma a pesar de mi facilidad por lo contrario. Y mientras me ame a mi misma, el resto me da igual.