lunes, 20 de agosto de 2012

Birth;

"El día que nací, llovía. No era una lluvia de verano, de esas frescas, en las que las finas gotas de agua te atraviesan, te refrescan, te purifican, te hacen sentir nueva. No, era una tormenta, con sus rayos azules rompiendo el cielo, e iluminándolo a través de las oscurísimas nubes que mostraban una tétrica postal. Más que agua, caían cuchillas afiladas que te cortaban la piel. Y nunca dejaban de caer. Era horrible, sin embargo, precioso, único. 
          Desde la tranquilidad que la barriga de mi madre me ofrecía, podía escuchar los truenos. Y pensé que seguían siendo truenos, pero cuando comencé a caer a través del agujero, entendí que lo que oía ya no eran truenos, sino gritos de dolor por parte de mi madre. Me resistía a salir, estaba tan a gusto es mi agujero. Y a mi madre le alegraba sentirme cuando sin querer la golpeaba, era emocionante saber que tenía vida, así que comencé a hacerlo más regularmente. Pero ella seguía gritando, '¡Sacadla, que alguien lo haga, por Dios!'                         Y entendí, que el momento del que todos hablaban había llegado. Nadie me había dicho que tenía que hacer, pero los empujones que mi madre me propinaba, me guiaban hasta la salida. 
          El agujero se volvió un túnel, estrecho y aún más oscuro. Iba de cabeza, y no sabía hacia dónde. '¡Ya sale! ¡Ya veo la cabeza!' Gritó un hombre. Supongo que lo estaría haciendo bien. Podía sentir la felicidad de mi madre. No tardé mucho en sentir el frío aire en la coronilla. Después de unos minutos, mi cabeza entera estaba fuera de mi madre. El frío se colaba por alguna rendija, la tormenta no había parado ni un momento. Ahora el sonido de los truenos se mezclaba con los gritos de mi madre.
          Finalmente, mi cuerpo estaba completamente fuera del de mi madre. Solo nos unía el cordel por el que me había alimentado estos nueve meses. Los gritos habían cesado, los truenos no. Estaba sucia, y completamente helada. Y encima, ese hombre de blanco sin rostro me sujetaba boca abajo, sujeta por los tobillos. Tenía que llamar a mi madre, y grité '¡Mamá, mamá! ¡Mamá, dile que me suelte!'. Ella enseguida pidió sostenerme en brazos. Me envolvieron en una manta, nada comparado con el calorcito de mi agujero, pero nada desagradable. Entonces me sujeto en sus brazos, y sentí su felicidad y su amor como otras mil veces antes, pero con la diferencia de que ahora por fin podía ver su cara. Ella era preciosa, su sonrisa también. 'Eres la esperanza del final de la tormenta' Dijo, y me llamó por mi nombre por primera vez, Hope."

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